Construyendo nuevas perspectivas

Ana Álvarez ha investigado temas urbanos para diversos proyectos interdisciplinarios. Fue coordinadora local en Ciudad de México.

“Somos arquitectos, no trabajadores sociales; proponemos soluciones espaciales.”

Esta polémica afirmación, hecha durante una de las reuniones de trabajo de urbanxchanger en Berlín, se me quedó grabada por un tiempo y me hizo reflexionar mucho sobre el proceso de este proyecto experimental en México.  ¿Había sido la intervención física del domo la parte más importante del trabajo realizado en la Ciudad de México? La complejidad del intenso proceso que ahí vivimos sugería la existencia de contribuciones que, de distintas maneras, iban más allá de la intervención espacial.

En Miravalle se han llevado a cabo numerosos proyectos arquitectónicos comunitarios. De hecho, la construcción de nueva infraestructura comunitaria ha sido  una manera de mantener activa la participación colectiva. Al iniciar nuestro taller, los equipos de especialistas urbanos realizaron acciones aparentemente sencillas y ajenas a las grandes intervenciones: caminar, hablar con los habitantes y dejar espacio para que éstos plantearan los problemas, incluso los más insignificantes. Estas acciones sacaron a la luz necesidades no visibles en primera instancia.

Los representantes comunitarios solicitaron a los equipos de especialistas urbanos que hicieran un balance de los aciertos y desafíos de las intervenciones realizadas hasta entonces. Ese ejercicio sentó las bases para una contribución que si bien tenía que ver con el espacio, no se enfocaba simplemente en construir o proveer infraestructura. El diálogo que se dio permitió crear un marco conceptual para una comprensión más amplia de la autonomía, el bienestar y la ciudadanía, mediante el reconocimiento de los recursos locales, las estrategias previamente implementadas por la comunidad y la inclusión de la perspectiva metropolitana, para concebir a Miravalle como pieza clave en la solución de problemas generales de la ciudad.

“Sé que es difícil de creer, pero no nos habíamos dado cuenta de qué teníamos a nuestras espaldas hasta que los arquitectos y urbanistas nos señalaron el potencial del volcán. Y,  de pronto, el volcán apareció ante nosotros con toda su grandeza y como un proveedor de agua”, dijo uno de los representantes de Miravalle al explicar cuáles habían sido las contribuciones del proyecto. Su testimonio resume el entusiasmo de los habitantes de esta comunidad al ver el paisaje olvidado –o desconocido– del volcán durante la presentación en la que los especialistas urbanos les compartieron lo que “veían”. Este momento marcó, sin duda, un punto de inflexión.

La construcción conjunta de esta nueva perspectiva se hizo aún más importante cuando surgieron otros desafíos  durante el proceso de transformación del domo en un sistema de recolección de agua pluvial (véase la descripción del proyecto en la Ciudad de México). En una urbe donde más del 60 por ciento de la construcción ha sido realizada por el sector informal –en buena parte como autoconstrucción–, los arquitectos son vistos como un lujo y no como profesionales que dan soluciones espaciales. De modo que, si bien algunos de los detalles del diseño no fueron completamente adoptados por los representantes comunitarios, era claro que la perspectiva más amplia y de múltiples escalas que trajo consigo esta experiencia fue una contribución sustancial.

Más aún, el hecho de que los equipos eligieran, entre la multitud de problemas, trabajar con el tema del abastecimiento de agua y las inundaciones –que conecta problemas locales con desafíos metropolitanos– posicionó a la comunidad en otro lugar, como un actor clave dentro de la ciudad a la que pertenece.

Las múltiples horas de pláticas y debates, la estrategia de no sólo presentar un proyecto de intervención, sino compartir abiertamente con la comunidad la forma en que los equipos de especialistas urbanos leyeron y entendieron las cosas, enriqueció el sentido de ciudadanía y permitió, precisamente, construir de manera conjunta una perspectiva que muy probablemente servirá como brújula para  futuras intervenciones en el espacio, más allá del domo. Esta perspectiva más amplia –claramente anclada en la comprensión del espacio, los recursos y la infraestructura– no es algo que un trabajador social puede lograr.  Este cambio de perspectiva fue, sin lugar a dudas, un poderoso resultado.

Traducir esta nueva perspectiva en intervenciones específicas fue un proceso complicado que no encontró del todo un terreno común, en parte debido a las limitantes de tiempo y presupuesto, pero también por la brecha entre lo que cada quien entendía respecto a la función del diseño –lujo o estrategia– y por cierta confusión respecto a quién –la comunidad o los equipos de especialistas en la ciudad– dirigiría el proceso de transformación del domo en un sistema de captación de agua pluvial.

La comunidad tenía la responsabilidad de lidiar con otros actores involucrados en el financiamiento (la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo y la Agencia Uruguaya de Cooperación para el Desarrollo, entre otros). Los representantes comunitarios se hicieron cargo de la adquisición de los materiales y el manejo de los trabajadores, como ya lo habían hecho en otros proyectos. Ellos entendían el diseño como bocetos de una idea general con detalles intercambiables, mientras que el equipo de especialistas urbanos lo veía como un plan integral que involucraba una propuesta estética para reactivar el espacio y como una estrategia que buscaba evitar la generación de efectos secundarios negativos de la construcción (como había ya sucedido con otras intervenciones recientes en Miravalle).

En un determinado momento, fue duro descubrir que el proyecto del domo corría el riesgo de dejar a todos insatisfechos, y también generó  preocupación respecto a los compromisos con otros actores –para entonces el proyecto había dejado de ser un experimento y debía rendir cuentas fuera de la comunidad, pues, como dije, para su realización se había incorporado el financiamiento de agencias de desarrollo locales e internacionales.

Sin embargo, una de las mayores virtudes de ambos –los representantes comunitarios y los profesionistas urbanos– fue su capacidad para expresar con honestidad y respeto sus posiciones en momentos críticos y seguir adelante.

Esta experiencia mostró la complejidad de un proyecto genuinamente colaborativo que aspira a atender problemas reales. Iniciar con un proyecto tan abierto fue tanto sugerente como desafiante porque, por una parte, dio a los participantes la libertad de explorar diversas posibilidades y, por otra, su manejo y gestión generó muchas dificultades. No obstante las dificultades, este experiencia demostró que trabajar temas locales considerando los recursos locales con una perspectiva de múltiples escalas, en colaboración con los miembros de una comunidad, es tan importante como hacer diseños sobresalientes. Es el caso en una ciudad que continuará transformándose sin el trabajo de profesionales urbanos, pero no necesariamente sin su influencia.