Girando las Mesas

Lindsay Bush, arquitecta e investigadora proveniente originaria de Durban, fue la coordinadora local de urbanxchanger Ciudad del Cabo.

Al principio sonó como una apuesta muy arriesgada. Sentada en la cocina de una casa de huéspedes en Cuba, pegando con fuerza el teléfono fijo a mi oreja mientras afuera caía una furiosa tormenta, escuchaba a Marcos describir meticulosamente lo que tenían en mente. Nunca va a funcionar, pensé: demasiado complejo, demasiados actores, sin dinero y tiempo suficientes. También tenía mis dudas sobre la habilidad de los especialistas urbanos –en particular los arquitectos– para lidiar con un planteamiento tan abierto, y sobre la posible falta de interés por parte de las iniciativas comunitarias que habían participado en el premio en las distintas urbes para participar en un proyecto sin un incentivo monetario explícito: son tiempos de vacas flacas en el Sur. También desconfiaba de la costumbre de tener arquitectos extranjeros aterrizando en paracaídas para resolver nuestros problemas; al mismo tiempo sentía un feroz sentimiento de protección respecto a la gente y los proyectos con los que había tejido lazos muy fuertes al paso de los años. Había, sin embargo, algo profundamente atractivo en la propuesta de urbanxchanger: tan abierta, con tanto potencial, con tantos resultados posibles… Y entonces pensé en la época cuando era funcionaria pública y me decían: “Eso nunca va a funcionar” e, invariablemente, se equivocaban. ¿Acaso esta vez era yo la equivocada?

 

Como coordinadora local para Ciudad del Cabo, mis esfuerzos se concentraron en la identificación de actores y la facilitación de relaciones y procesos. Un rol “amable” que consistía sobre todo en observar y documentar, alentar buenas actitudes, subrayar intereses comunes, captar momentos. Sumamente significativas fueron, en mi opinión, las siguientes conversaciones, sostenidas durante el taller de una semana que se realizó en Ciudad del Cabo y las cuales esbozan una rica imagen de la génesis de los primeros resultados del proyecto Tafelhuis o “casa-mesa”:

 

¿Qué es una casa versus qué hace una casa en la vida de la gente?, ¿es un estado de temporalidad permanente o de permanencia temporal?, ¿cuáles serán las consecuencias de actuar fuera de la ley (al construir un prototipo sin permiso)?, ¿vendrá el gobierno de la ciudad a demolerlo?, ¿podría dañar la reputación de los involucrados?, ¿provocará envidias o problemas entre los vecinos?, ¿en qué consiste una estrategia exitosa en un espacio donde es más fácil pedir perdón que pedir permiso?, ¿provoca irritación el uso de la acción colectiva como estímulo? Se discutió mucho en torno a las diferentes maneras de entender la construcción de vivienda: ¿qué podemos aprender de los asentamientos informales en Centro y Sudamérica (estructuras de concreto y ladrillo de varios pisos) al compararlos con las menos sofisticadas casuchas de metal y madera de Sudáfrica?, ¿cómo podemos alejarnos de la fordista separación vertical del trabajo y, en cambio, acercarnos al “sistema de un auto” de Volvo, que es confiable y ofrece la oportunidad de sentirse orgulloso al ver el fruto del trabajo propio?, ¿cómo convertir la construcción de una vivienda en una oportunidad educativa en la que algunos de los participantes le transmiten sus conocimientos a los otros?, ¿es la estructura del prototipo una composición de pequeños elementos (como en la tecnología de bloques y vigas) o un encofrado más sofisticado como las losas de concreto ubicadas en el sitio en cuestión ?, ¿podemos reducir la escala de la intervención utilizando, por ejemplo, sólo herramientas manuales? y, finalmente, ¿cuáles es el potencial de replicación en diferentes escalas: micro (la casa), media (el barrio) y macro (el Programa Nacional de Vivienda)?

Fue sólo hasta que los diferentes equipos se reunieron por última vez en Berlín para presentar su trabajo que se pudo capturar la riqueza y la diversidad de las exploraciones e intervenciones resultantes. Urbanxchanger demostró nuevos modos de colaboración: la verdadera co-creación, que se dio de manera natural, sin la limitación de tener que obtener resultados a ultranza. Si bien esta experiencia dio lugar a muchos cuestionamientos, también permitió que los proyectos se desarrollaran orgánicamente respondiendo a las diferentes necesidades y contextos. También le dio a los equipos la oportunidad de trabajar de modos –y con gente– que normalmente no sería posible, así como probar ideas, reexaminar y posiblemente redefinir el rol del arquitecto, del especialista en la ciudad o del emprendedor social. El proceso también mostró los límites de la educación y la práctica tradicionales, las cuales no necesariamente nos equipan con las herramientas necesarias para negociar con la complejidad de las urbes actuales.

Fueron varios los “aprendizajes” generales de este proyecto, entre las cuales dos resultaron de particular importancia para mí. El primero fue la falta del tiempo. Implementar en comunidades que se han desarrollado en el transcurso de años una intervención focalizada en un periodo tan corto se percibió como fuera de lugar: fue como meter en un corsé de seis meses a un proyecto de seis años. El otro aprendizaje fue profundamente personal. Después de haber visitado a menudo la comunidad donde vivía el primer cliente de Tafelhuis y de haber trabajado allí, creí que conocía la situación bastante bien, pero en realidad no estaba preparada para una mirada más de cerca. Más de una vez me vi sacudida por la volatilidad de la vida en la pobreza y reflexioné sobre mi propia vida, justo al otro lado de la Montaña de la Mesa, pero a un mundo entero de diferencia. Como profesionales del entorno construido, nos basamos en planes –nos han enseñado cómo soñar y cómo convertir esos sueños en algo tangible–, pero como habitante de una choza de las Planicies del Cabo simplemente no puedes planear porque no tienes idea de qué va a suceder en el futuro inmediato. Puede ser que la próxima semana el dinero no te alcance para traer pan a la mesa para tu familia, puede ser que ya no tengas mesa porque tu casa se incendió por completo, y puede ser que tampoco tengas hijo porque quedó atrapado en un fuego cruzado entre pandillas mientras iba de la escuela a la casa. Esta volatilidad se hizo sentir muchas veces durante el breve proceso, pero cada vez que lo hizo, el equipo se ajustó, recalibró y siguió adelante. Su perseverancia demostró que cuando estos dos mundos se encuentran, independientemente de las diferencias, las limitaciones y a pesar de –o, en parte, gracias a– las situaciones punto menos que ideales, cosas muy especiales pueden suceder.