INTELIGENCIA INFORMAL: COMPARTIENDO LA CIUDAD PÚBLICA

Edwin Heathcote: escritor, arquitecto y diseñador. Crítico de arquitectura y diseño de The Financial Times desde 1999.

Invitamos al crítico de arquitectura y diseño Edwin Heathcote a compartir sus reflexiones acerca de las actividades que llevamos a cabo durante este periodo de seis meses. Aprovechando que no estuvo involucrado en el proyecto, le pedimos que explorara urbanxchanger, escribiera acerca de sus impresiones y, desde otra mirada, revisara los resultados obtenidos.

 

Introducción

“La ciudad –escribió Lewis Mumford– es un hecho de la naturaleza, como lo son una cueva, la migración de un jurel o un hormiguero. Pero también es una obra consciente de arte, y dentro de su estructura comunal posee otras formas de arte más sencillas y más personales.”

Hay algo perturbador en el hormiguero, pero la noción de la ciudad informal como una entidad más parecida a un organismo que a una moderna máquina tiene mucho más sentido. La ciudad es un lugar sin arquitectos, sin urbanistas, pero no por ello sin arquitectura y sin planeación. Cuando hablamos de sustentabilidad, nos referimos a la energía materializada en las estructuras de la ciudad y, sin embargo, nunca hablamos de la inteligencia materializada de la que la ciudad informal está claramente empapada. El carácter ad hoc e improvisador de la informalidad nunca deja de sorprendernos. La gente construye su ciudad como puede, con cualquier herramienta o recurso a su alcance. Y aunque quizá carezca de la infraestructura a la que nos hemos acostumbrado en nuestras ciudades, estos lugares son tan urbanos –si no es que más– que las ciudades más planificadas de la Tierra. Su magia reside no sólo en qué tan pobladas están, sino en su densidad, en la intensidad de las transacciones: sociales, financieras, cooperativas, comunitarias. Gente haciendo y reparando, inventando, desmontando y fabricando de nuevo, en encuentros fortuitos y con apoyo mutuo.

La tentación respecto a la ciudad informal es siempre empezar de nuevo: a planear, a reconstruir; pero los problemas a los que se enfrentan las ciudades del planeta son de una dimensión casi incomprensible. El planeta duplicará su índice de urbanización en el año 2050. En las ciudades habrá el doble de personas que existen hoy en día, con dos mil millones de ellas viviendo en condiciones de informalidad. No hay soluciones que puedan imponerse desde arriba. El cambio tendrá que venir de las calles y los barrios marginales, de los callejones y las laderas, desde abajo hacia arriba.

Urbanxchanger es un esfuerzo por catalizar ese cambio, esa inventiva, a través de la investigación y la experimentación en lugares particulares con poblaciones concretas, y así crear una plataforma para compartir esa inteligencia.

 

¿Desperdicio de espacio?

El espacio puede ser escaso, puede ser extenso, puede estar mal definido; sin embargo, es en el uso inteligente e intenso del espacio donde reside el espíritu de la ciudad.

Ya se trate de intensidad, densidad o frontera, cada una de las intervenciones aquí presentadas tiene que ver, a su manera, con la definición y la delineación del espacio. A las orillas de la Ciudad de México, el espacio parece inmenso, el paisaje natural se extiende en el horizonte y, no obstante, es precisamente la definición de la frontera entre ciudad y campo lo que hará que este lugar se mantenga como un espacio especial. En las afueras de San Pablo, hay un espacio remanente, una franja de tierra inutilizada bajo los cables de electricidad. En la densa informalidad de Nueva Delhi se aloja el espacio urbano, pero no está definido como tal. En Ciudad del Cabo, el problema es la limitación del espacio interior, la creación de una estructura que contenga al espacio. En Berlín el problema reside también en la definición: la extraña anomalía de un vasto espacio común que parece no tener una función particular y que termina por no ser utilizado por nadie.

Los problemas de los asentamientos informales a menudo se conciben como insuperables. El proyecto urbanxchanger muestra lo tangibles que pueden ser las intervenciones más minúsculas a la hora de definir lugar y espacio, así como la mejora radical de las condiciones urbanas que puede lograrse con recursos mínimos.

Cada ciudad tiene sus propios problemas, y cada asentamiento padece carencias y penurias específicas; sin embargo, cada una puede aprender de las otras. Esta es la historia de ese potencial de intercambio.

San Pablo: Producción bajo corriente

El borde de cualquier megalópolis está poco definido; es una frontera en flujo constante, siempre puesta a prueba, empujada y cuestionada.

Vacila entre lo urbano y lo rural, entre la productividad y el desperdicio, entre agricultura, suburbio y barrio marginal.

Es precisamente esta incertidumbre lo que la llena de potencial, lo que la convierte en un espacio embrionario de lo posible. Pero ¿cómo incide la ciudad en el campo sin que desaparezca lo rural, sin que la informalidad melle su potencial?

La respuesta –provocativa al menos en parte– está aquí, en la frontera oriental de San Pablo. Serpentea a lo largo del espacio desaprovechado bajo los cables que llevan la electricidad a la ciudad.

Bajo este corredor de corriente eléctrica hay un tenue paisaje de agricultura urbana, cuya vida productiva fue reactivada por las comunidades en cooperación con AES Eletropaulo, la compañía de electricidad a la que pertenecen los cables y el terreno bajo su sombra. El proyecto provee soluciones a la carencia de espacios públicos y verdes en la ciudad, al difícil acceso a alimentos frescos por parte de los habitantes más pobres de la comunidad, y a la falta de oportunidades para mejorar los bajos ingresos de los habitantes locales. Cidades sem Fome, una organización no gubernamental que ha estado en operación desde 2004, utiliza la horticultura no sólo para mejorar las condiciones nutricionales de adultos y niños, sino también como un medio para integrar a grupos marginalizados. La comida está siempre al centro de la vida social, pero su importancia se incrementa con la pobreza.

Esta iniciativa, que se sumó al trabajo iniciado por don Genival –un pionero local que comenzó a cultivar la tierra bajo los cables de alta tensión–, representa un intento por formalizar los acuerdos con la compañía de electricidad, por promover el huerto como centro de producción y de acción, y por crear un espacio donde los alimentos pueden ser degustados y puestos a discusión y a prueba, y donde diferentes ideas pueden difundirse.

El proyecto se basa en la producción, en la tierra. Sus manifestaciones físicas están sutilmente diseñadas. Y, no obstante, el proyecto también consiste en crear un espacio urbano que complemente a una parte de la ciudad densa y desatendida. Su naturaleza es paradójica: es un espacio urbano en el campo, una franja verde para la ciudad a la que no pertenece y una granja orgánica que se contrapone a la corriente hambrienta de energía que viaja por encima de ella.

Los elementos que conforman el proyecto, desarrollados en colaboración con la ONG y los campesinos locales, son modestos –deliberadamente ad hoc y provisionales, pues se inclinan hacia lo rural– más que ser émulos de la ciudad en el campo. Está el techo: una simple estructura de madera cubierta de tela, construida para crear un espacio de encuentro, la cubierta más sencilla para proteger la mesa y las bancas. Está el baño      –otro refugio arquetípico– en donde el desecho se transforma en fertilizante. Y están los juegos y el gimnasio, dos caras de la misma moneda, que permiten a los habitantes de la ciudad moverse con libertad, hacer ejercicio y disfrutar del aire fresco y de la compañía de otros. En ambos, el equipamiento consiste en un ingenioso reciclaje: neumáticos para cargar cosas o para albergar cultivos; madera y metal de desecho convertidos en equipamiento. Y está el carrito de la comida, un vehículo para vender los productos de la tierra y un tótem para llevar los frutos del trabajo comunitario a la ciudad; una pieza de arquitectura móvil.

Este no es un proyecto que va a cambiar al mundo. Está basado en un particular pedazo de tierra en desuso, bajo un particular tipo de infraestructura, y su fuerza proviene de estas condiciones particulares y de la fertilidad del terreno en el borde urbano de San Pablo. Sin embargo, tal vez es precisamente su modestia, la simplicidad de sus objetivos y la naturaleza ad hoc de su construcción lo que lo convierte en algo más. Este es un proyecto al que cualquier comunidad podría aspirar. Y las condiciones que parecen ser tan específicas –la franja de tierra inutilizada– son las mismas que predominan en todas las ciudades, ya sea bajo espacios públicos subutilizados, a las orillas de las vías de tren o en los derechos de vía de la infraestructura pública. Con la ingeniosa transformación de sus tanques de agua en parques públicos de bolsillo, Medellín ha demostrado cuán fructífero puede ser reapropiarse de espacios que están en manos de las compañías de servicios públicos. El esquema de San Mateo es más modesto en comparación con este ejemplo, pero es precisamente por ello que es replicable, con recursos que tienen hasta los más pobres. Donde requiere más claridad es en su relación con la ciudad. El gran tamaño de San Pablo implica que quienes viven en sus márgenes tienen que pasar el inicio y el final de sus jornadas trasladándose a la ciudad para trabajar. ¿Habrá un atractivo suficiente para alentarlos a viajar todavía más lejos utilizando los pocos momentos de su preciado tiempo libre? O más bien, ¿es un proyecto para aquellos cuyos trabajos no los llevan hasta el centro de la ciudad o para los que están desempleados?, ¿los jóvenes, los viejos, las mujeres, los marginados?

Es fascinante cómo lo que en el Norte global se percibe como un proyecto decadente –el deseo de la burguesía urbana por producir comida orgánica para sí misma, para escapar de la ciudad por las raíces–, en los bordes del Sur global surge como un salvavidas, haciendo la diferencia entre el hambre y el deseo, y creando una herramienta para la cohesión y la unión social. Quizás su aplicabilidad universal subyace precisamente en esta paradoja. Aquí, como en todas nuestras realidades, la comida está en el corazón de nuestra cultura y nuestra sobrevivencia.

 

Ciudad de México: En búsqueda de la orilla

El proyecto en Miravalle abarca las innumerables y complejas cuestiones de lo informal y, en el proceso de lograr pequeños cambios respondiendo a situaciones particulares, también redefine radicalmente el borde de la ciudad como un lugar de producción, habitado por una comunidad real, más que como un suburbio dormitorio, distante, disfuncional e inconveniente. Los problemas abordados por este proyecto son, probablemente, de las preocupaciones urbanas más universales. Es asombroso cómo las soluciones encontradas para los bordes de una megalópolis del Sur global pueden parecer tan pertinentes para el hastío de las modernas metrópolis en el frío clima del Norte global.

Este es un proyecto sobre bordes, en los contextos macro y micro. Es un proyecto sobre cómo la ciudad llega a su fin y se encuentra con el paisaje a la orilla, sobre cómo las fronteras son definidas al interior del asentamiento y sobre cómo se preserva la privacidad mientras se permite que la vida cívica florezca. Más allá de estos ideales abstractos hay una serie de intervenciones que responden a necesidades cotidianas, incluyendo un domo diseñado para facilitar la recolección del agua pluvial.

El proyecto comenzó con una caminata. Entendida como una manera de marcar territorio a través de una acción social, la caminata fue hecha, en mi opinión, para apropiarse psicológicamente del paisaje, más que para crear un vehículo para entender el contexto.

Esto es de importancia crítica aquí –y en todas las otras urbes– porque la marcación de las fronteras refleja la percepción que se tiene de la ciudad misma. Londres tiene su cinturón verde, Venecia, su laguna, Miravalle tiene su volcán.

Un ascenso colectivo a la ladera verde del volcán permite conectar entre sí a la comunidad que participa y es, al mismo tiempo, un acto de apropiación cultural (no así de apropiación física). También permite tener un panorama del barrio mismo; es un punto de vista estratégico que simboliza la comprensión por parte de la comunidad de la escala, el contexto y el carácter del asentamiento. Además, deja vislumbrar la belleza del lugar: el paisaje, la topografía y el bosque. Un atributo generalmente ausente en los asentamientos informales y que incluso cuando está ahí a veces resulta fácil de olvidar.

Una vez finalizado el ritual, la intención fue que la comunidad misma decidiera qué intervenciones podía realizar. Esta es una comunidad muy bien organizada, que en las últimas décadas se ha definido a sí misma tanto social como físicamente. Aquí, cada proyecto es una parte crítica de la afirmación de su identidad.

Basadas en estructuras comunitarias ya existentes, las intervenciones propuestas oscilaron entre lo sutil y lo excesivo, lo mágico y lo cuestionable. En estos contextos, la marcación de una frontera siempre es difícil: es comprensible que una comunidad quiera definirse a sí misma y marcar sus linderos, pero ¿cómo puede afectar esto a quienes lleguen en un futuro? ¿Negará a los recién llegados las oportunidades que tienen los ya residentes? Este es un barrio nuevo, ahora formalizado, que se desarrolló a partir de un asentamiento informal. ¿Son estas nuevas fronteras símbolos del éxito y la consolidación? ¿O son símbolos de la exclusión?

Las intervenciones previas que se encontraron en el paisaje fueron muchas y variadas. Todas estaban construidas con pocos medios, muchas veces con funciones dobles. Un muro de contención, necesario para crear un espacio plano de juegos para un jardín de niños, se transformó en anfiteatro, foro público y espacio escénico. Las escaleras se crearon con trozos de neumáticos viejos, a los árboles se les hicieron cercados que se convirtieron en asientos. Estas estructuras se hicieron tomando materiales hallados en el entorno y se trabajó con –no en contra de– la topografía, de tal manera que el paisaje se convirtió en un elemento, más que en un obstáculo.

A diferencia de lo que sucede con una escuela construida por el gobierno –que resulta rígida e innecesariamente grande–, la comunidad no erigió estructuras nuevas y grandes, sino que negoció y reparó las que ya existían y eran adecuadas. La única nueva estructura totémica fue la cubierta inflada del “Domo de agua”, la cual se transformó en un ingenioso método para recolectar las abundantes aguas de la temporada de lluvia en una cisterna de uso comunitario. Éste se convirtió en un hito de lugar y de uso, en una especie de pozo comunitario contemporáneo.

Más allá de estos proyectos en el paisaje, la colaboración con la comunidad se abocó a la construcción de elementos físicos que generaran seguridad. Con una serie de movimientos en los que resuenan los principios de Jane Jacobs –ojos en la calle, puertas y patios abiertos, mejor conexión–, se domesticaron los espacios públicos y se llenaron de vida, convirtiéndolos en lugares seguros a través de intervenciones mínimas pero bien pensadas, lo que también tuvo como resultado que el espacio público se hiciera más coherente y estuviera mejor delimitado. El último elemento para su protección consistió en la “envoltura” de espacios, bajo el principio de que si un espacio se ve bien cuidado, será más respetado. Pero ¿siempre es así? Quizás èstas son medidas que pueden tomarse como experimentos. Algunos pueden funcionar, otros desaparecer o adaptarse, pero, como un medio de intervención con recursos mínimos y eficiencia máxima son, sin duda, efectivos.  

 

ciudad del cabo: La mesa de arriba

La condición fundamental de la informalidad es la precariedad. La incertidumbre existencial que impera en la vida informal parece ser exacerbada por cada una de las condiciones de la vida cotidiana: las construcciones inestables y ad hoc, el desarrollo no planificado que, simultáneamente, es demasiado denso y demasiado extenso; la falta de propiedad de la tierra, las cuestiones relacionadas con servicios, tierra y legalidad. La precariedad se extiende más allá de las condiciones físicas y se vuelve un aspecto de la vida misma. La falta de acceso a educación y empleo, la propensión al crimen, la adicción a las drogas y el alcohol, el aislamiento social, la falta de comunidad: cada uno de estos factores contribuye a una existencia al borde, donde cada elemento actúa como recordatorio de la insuficiencia.

Innumerables arquitectos, organizaciones no gubernamentales, inventores, organizaciones de beneficencia, ingenieros y personas de fuera han propuesto soluciones a estos problemas, sin que muchas de ellas prosperen. Cuando los gobiernos intervienen, el resultado casi invariablemente es un fracaso: casas de juguete en calles sombrías, demasiado dispersas para hacer ciudad, demasiado similares y demasiado simples como para generar un paisaje urbano. Las casas mismas a menudo son inadecuadas, y se convierten en símbolos de dependencia más que de éxito, además de que rara vez responden a las diversas necesidades de las comunidades: proponen una manera única de vivir, sin dejar espacio para otras. No tienen capacidad de expandirse, para alojar talleres y garajes, o espacio extra para la familia que crece, además de que prestan poca consideración a las condiciones culturales, sociales o climáticas.

Las soluciones propuestas por gente ajena a estos contextos pueden ser ingeniosas, pero generalmente duran poco. Una vez que los inventores se van, los residentes suelen regresar a los viejos materiales y técnicas low tech para compensar. La carencia de buenas soluciones explica el proyecto “Half a Good House” de Alejandro Aravena, con el cual obtuvo el premio Pritzker este año. Aunque no sea una solución totalmente original, este proyecto propone una casa urbana decente, con la capacidad integrada de adaptarse y crecer, así como de permitir a sus habitantes expresar sus propios deseos y necesidades a través de la arquitectura conforme ésta se va desarrollando. Este proyecto le gusta a los arquitectos porque parece ser una conciliación entre el modelo de arriba hacia abajo (Aravena ha puesto sus diseños a disposición del público gratuitamente) y el de abajo hacia arriba (los habitantes pueden personalizar la arquitectura).

La Casa-Mesa es arquitectura arquetípica: pura estructura, un conjunto mínimo de postes y vigas que proporcionan una base sólida, casi nada más. Es, justamente, la expresión estructural de la estabilidad que hace falta en la vida en los asentamientos informales.

Uno de los aspectos más fascinantes de la Casa-Mesa es que debajo de ella puede dar cabida a una casa ya existente. Durante los terremotos o fenómenos meteorológicos extremos (o, en el pasado, guerras nucleares), se nos recomienda refugiarnos debajo de una mesa para protegernos de los escombros que caigan. La mesa –la expresión más elemental de la vida en familia y el sustento– se convierte literal y simbólicamente en una especie de arquitectura de la protección.

La estructura es simple: postes de acero (patas de la mesa), vigas de acero y una cubierta (tabla de la mesa), y una pieza conectora que parece una especie de capitel de concreto. La cubierta puede convertirse en el techo de una choza preexistente o hacer las veces de un primer piso. La construcción permite una gran flexibilidad dentro de la estructura e incluso puede convertirse en la estructura misma. Lo más importante es que ancla la casa al suelo: una base sólida sobre la cual empezar.

La metáfora funciona tanto para las trabajadores como para los habitantes. Los codiseñadores de la Casa-Mesa conforman Hands of Honour, una iniciativa comunitaria de las Planicies del Cabo que trabaja con hombres desempleados y adictos en recuperación. Ellos construyen muebles sencillos al dar un nuevo uso –nuevo valor– a viejos materiales; lo interesante aquí es que también revalorizan a las personas mismas, recomponiendo sus vidas fracturadas. El proceso de construcción y las habilidades requeridas –soldar, construir, vaciar concreto– les confiere una valiosa experiencia y les ayuda a construir tanto confianza como un sentido de cooperación.

Hay algo en la Casa-Mesa que nos recuerda a los años sesenta: la idea de reducir la megaestructura a la escala de lo informal. Muchos de los arquitectos más radicales de aquella época estaban interesados en estructuras espaciales y superestructuras (la Ville Spatiale de Yona Friedman, las estructuras espaciales de Konrad Wachsmann e incluso los visionarios bocetos de Superstudio vienen a la mente). Cada uno de ellos concebía al arquitecto del futuro como el creador no de una vivienda individual, sino de la estructura dentro de la cual los habitantes estarían en libertad de construir sus casas conforme a sus deseos. La suya era un visión libertaria, de ciencia ficción, que transfirió las ideas de bases planetarias extraterrestres y paisajes apocalípticos que prevalecían en esos años a las ciudades dormitorio, y propuso formas de construir sobre los centros históricos sin destruir la traza original. La Casa-Mesa en una especie de versión en miniatura, basada en esa misma idea de libertad según la cual es el habitante quien decide los materiales, el tamaño y la apariencia que habrá de tener su casa. El arquitecto no dicta las condiciones, la estética o el estilo de vida, sino meramente provee la estructura, anclando la casa al sitio y la vivienda a la ciudad.

 

nueva delhi: Desperdicio y espacio

Sangam Vihar es un asentamiento de quizás un millón y medio de personas en la periferia de Delhi. Es un territorio inmenso pero desatendido que se encuentra en la frontera entre la selva y la megaciudad. El barrio está habitado principalmente por gente recién llegada a la urbe, por lo que el sentido de identidad y pertenencia está en flujo constante, sin forma todavía. Por ser una colonia no autorizada, el asentamiento no sólo carece de infraestructura básica y de un sentido de legitimidad, sino que también es vulnerable a las diversas decisiones que tienen que ver con la planificación: el plan maestro de la ciudad, por ejemplo, contempla un circuito vial que podría convertir la zona en víctima de la especulación inmobiliaria.

Este complejo proyecto de naturaleza colaborativa es un intento por consolidar el sentido de comunidad, la ubicación y el tejido físico del asentamiento dentro de una frágil estructura. Busca reforzar los vínculos entre la gente y el espacio, pero también señalar la presencia –espacial y política– del lugar dentro de la vasta metrópoli india. En aras de lograr estos objetivos, el proyecto emprendió el llamado “Plan Esquizo”, una propuesta que se define su determinación a no ser un plan maestro y en la cual los equipos de diseñadores, junto con diferentes voceros de la comunidad, desarrollaron herramientas de micro y macroplaneación para facilitar la acción local y para comunicarse con las instituciones gubernamentales en general.

Parte del proyecto consistió en marcar el territorio con globos usados como herramientas de señalización y localización, para establecer la identidad y comunicar la legitimidad del asentamiento más allá de sus fronteras. Inspirados en los ubicuos símbolos de Google Map, estos marcadores se convirtieron en una intervención lúdica, casi de pop-art, que intentó imprimir un sentido de lugar en la conciencia colectiva de la comunidad y la ciudad. Cinco globos rojos señalizaron lugares y eventos a lo largo de los límites del asentamiento para facilitar su recodificación y así establecer el lindero verde como la nueva fachada de Sangam Vihar.

Otras iniciativas paralelas a los proyectos de manejo de agua y de desechos incluyeron la creación de áreas verdes simuladas como una manera de sensibilizar a la gente sobre el potencial de convertir los terrenos baldíos a la orilla del asentamiento en espacio público que, al mismo tiempo, funja como una barrera para evitar la urbanización del área vulnerable. A través de la activación del espacio urbano, esta iniciativa busca, en última instancia, construir un nuevo diálogo entre las frágiles circunscripciones urbanas que carecen de derechos y seguridad.

 

INTERCAMBIO: TRANSFERENCIA, TRANSACCIÓN Y TRANSFORMACIÓN

Existe una idea persistente de que el Norte global puede aprender mucho del Sur global: es la noción de que la asombrosa variedad, inventiva, ingenio y velocidad con que los asentamientos informales responden a las constantes crisis y cambios de situación puede inspirar a las rígidas ciudades del frío Norte global, aparentemente estáticas e inflexibles.
El contraste entre la inteligencia materializada en las zonas informales no planificadas y el letargo, la falta de capacidad de respuesta y el franco despilfarro que a menudo caracterizan la planificación de las ciudades más pudientes, sin duda parece dar la razón a lo anterior. Leemos que la planificación es la base de toda ciudad civilizada, pero ¿qué espacio deja este sistema para la improvisación? Muchas de las ciudades más exitosas han demostrado ser incapaces de lidiar con los cambios radicales que deben enfrentar: la inmigración masiva de gente proveniente de distintas culturas, crisis financieras, el envejecimiento de la población, el colapso de las industrias pesadas, la globalización.

Lo irónico es que el espacio está ahí. En el este de Alemania, donde la planificación ha respondido a las preocupaciones políticas y sociales, más que a directrices comerciales, el espacio público es abundante, pero se ha permitido que caiga en la improductividad. La tierra de nadie en la que se han convertido los desatendidos espacios comunales ubicados entre los conjuntos habitacionales y los edificios gubernamentales debería verse como una oportunidad para crear un espacio de convivencia entre comunidades diversas y para usar la ciudad como espacio social. Sin embargo, no ocurre así. No está claro si esto se debe a la reticencia de las comunidades, cómodas en su endogamia, o a que la gente carece de los modelos, el lenguaje y la experiencia para activar el espacio. O quizás se debe a las rígidas maneras como se controla la ciudad actual: la copiosa legislación que exige que alguien asuma la responsabilidad por cualquier accidente o evento imprevisto. Sea la razón que sea, la transferencia de conocimiento se antoja problemática.

El desafío de las ciudades por lo demás prósperas para adaptarse a las cambiantes circunstancias consistirá en atender la atomización y el aislamiento que caracterizan a quienes hoy las conforman. A las ciudades continuamente se les mide en términos de PIB, transacciones comerciales, valor de la tierra y hoy incluso en indicadores cuestionables como el índice de “felicidad”. El arquitecto Teddy Cruz ha sugerido que, en cambio, midamos la densidad y el éxito de una ciudad con base en sus transacciones sociales, más que en las financieras. Si así fuera, los innumerables encuentros y acuerdos urbanos, los favores y las conversaciones intercambiados afuera de nuestras puertas, el cuidado de los niños gratuito y la atención de los viejos por parte de la familia extendida, súbitamente serán vistas como evidencia del éxito. 

Los ciudadanos del Norte global han pasado décadas mejorando sus condiciones de vida sólo para encontrarse al final aislados, preocupados por su seguridad y lejos de sus seres queridos. ¿Podrían resucitarse los bienes urbanos comunes para resolver estos problemas?, ¿podemos utilizar las medidas aparentemente simples que se han inventado y adaptado en las condiciones de lo informal para reconectar la ciudad?

Se trata de preguntas sobre la idea de una ciudad. ¿Para qué es?, ¿para quién es? Los experimentos de urbanxchanger nos permiten comprender de mejor manera la humanidad arraigada en el corazón de la ciudad. Nos alientan a pensar acerca de qué es la ciudad, cómo se define y cómo podemos hacer nuestra parte en el rediseño de aquello que lo requiere. El intercambio nos hace ver que la escasez no siempre es un problema de recursos, sino que también puede manifestarse como la falta de cohesión, de compromiso y de inclusión. Siempre hay algo nuevo por aprender. 

 

Edwin Heathcote
Escritor y arquitecto, Edwin Heathcote es mejor conocido como crítico de arquitectura y diseño del Financial Times. Heathcote es autor de más de una docena de libros y tiene una columna en la revista GQ, además de colaborar en varias publicaciones, incluidas Icon, Apollo y L’Architecture d’Aujord’hui. También es el fundador y editor de readingdesign.org, un archivo sin fines de lucro de escritos críticos sobre todo lo relacionado con el diseño.

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